jueves, agosto 21, 2008

VIAJE AL EQUILIBRIO ( EL CIRCO)


El amarillo brillante de las luciérnagas de vidrio atrae bichos y gente casi en la misma proporción.
La calle se llena de curiosos que tratan de adivinar los misterios ocultos tras la lona, en apenas unos minutos, ticket mediante, la que fue sorpresa se transformará en recuerdo, en excusa y en usina inagotable de dudosas historias.

Un arlequín desdentado señala la entrada y entre saltos y morisquetas rompe el misterio… y abre la lona

Entre los barrotes, las fieras desfilan sus colmillos gastados en pleno bostezo.
En la negrura se adivina parte del látigo que una vez los lastimo y el brazo del domador que lo empuñaba hasta que en un descuido toda su autoridad se resumió en un bocado…en un flaco almuerzo.
En ese gesto hay algo parecido a la jugosa justicia de los que ya no tienen castigo posible, porque no tienen nada que perder más que la vida que en algunos casos, es poca cosa.

El arlequín hace malabares con su destino y se encomienda a la suerte, que es el único dios que conoce, y el único que lo acepta.
Más acá del briíllo aún queda la sospecha intacta y la huella del tiempo traducida en una cicatriz húmeda que nace en el ojo y muere en el piso…silenciosa

Los ojos de los que no hacen, buscan al que lo intenta, deseando la sorpresa, sorprendiéndose.
Allí en la lona del cielo, tres Icaros de mala muerte, desafían la gravedad mientras de reojo miran la lona que promete evitar que el suelo sea destino si el cálculo falla.
Ellos saben por experiencia que nunca se necesitan dos saltos mortales cuando el primero esta bien hecho.
…el trapecista, ahora, mira la red desde abajo tratando de entender en que esquina se rompió la esperanza de su cuadriculado abrazo…

Las luces enfocan al arlequín que enfoca a las luces con el dedo…la mano gira, las luces, no.

Un hombre gris se despoja de su piel de tela confiado en el embrujo de las luces y el maquillaje; sentado frente al espejo se dibuja una sonrisa grotesca y colorada…el clown, mientras se mira reir, llora…
El delineador negro es el dique elegido para esa gota de sal de esos ojos que saben que la alegría obligatoria suele ser más cruel que la tristeza voluntaria.

Pasa el arlequín y en su gesto se dibuja una sonrisa, mira por un instante eterno al público, da un salto, y se va

Sobre la mesa, dónde descansa la única luz que late, sobrevive una galera que escupe magos que vuelan hasta chocar la lona y caen convertidos en palomas, blancos planeadores kamikaze que buscan con locura grietas en la carpa para luego caer convencidos y cansados.
En este lugar los forasteros dejan monedas como ofrenda para entrar, y los que aquí viven darían su vida para poder salir.

El arlequín suspira enamorada de la belleza rara de la mujer barbuda, que camina indolente seguida por un cortejo de enanos y perros del mismo tamaño de la alegría.

Un caucazo aísla el resplandor de tanta sombra, mientras en un rincón, donde nadie mira, el arlequín incendia lentamente lo que queda de la noche.
Los aplausos invaden el silencio mientras los ajenos se retiran.
Del vacío nace la oscuridad, como un augurio o una simple metáfora de la muerte.
El arlequín se desnuda de pintura y de la piel del disfraz.
Vuelve el silencio, las luces se apagan.
La función termino