martes, agosto 24, 2004

FANTASMAS DE BOLICHE (XIV)


El señor de negro se lleva la mano a la boca pidiendo silencio.
El bar oculta fantasmas nuevos y viejos
que se empecinan en emborracharse.
Nadie quiere molestar, pero...
el señor de negro se empecina en pedir silencio,
y esto es Babilonia.
No existe soledad más grande que la de un tipo hablándole a su vaso,
no hay peor amigo que el alcohol
cuando la soledad se hace carne;
el dolor se hace fuerte con el whisky,
y la memoria revive muertos que el corazón oculta,
la boca se hace independiente y comienza a escupir veneno,
y aqui no hay antídotos, solo hay whisky
todo vuelve al principio.
En este bar habitan fantasmas que se entretienen mirando pasar,
entre sorbo y sorbo, a la felicidad, siempre pasajera, al dolor eterno,
a la alegría inocente e idiota del que no entiende nada,
a la culpa inagotable, a los amigos que ya no están,
y son espectros de otro bar, pasan pequeños farolitos que encandilan,
pasa ella, la que quiero siempre y tengo de a ratos que nunca alcanzan,
pasan perros que tuve y extraño,
pasa la muerte y su simpleza,
pasa todo en esta calesita.
El cuerpo va pagando al contado los boletos de este viaje,
mientras uno se vuelve sombra en la agonía de las luces,
y se acuerda de apurar el trago para no irse fresco... por las dudas.
El hombre de negro pide silencio,
y anuncia a los gritos la llegada del maldito,
el esmeril frena los rayos que se adivinan tibios,
mientras todos huyen del sol...
y de ellos mismos